Cuando se habla de migración, casi siempre la conversación se centra en quienes se van, en las remesas o en las oportunidades económicas que se abren fuera del lugar de origen. Mucho menos se habla de quienes se quedan. Y dentro de ese grupo, las personas adultas mayores suelen quedar en segundo plano, aunque muchas veces son quienes sostienen la continuidad afectiva, cultural y cotidiana de la comunidad. En México, en 2022 vivían 17.96 millones de personas de 60 años y más, equivalentes al 14% de la población total. Al mismo tiempo, las remesas alcanzaron 64,745 millones de dólares en 2024, lo que muestra la magnitud del vínculo económico que mantiene la migración con los hogares de origen.
Una presencia silenciosa, pero central
En muchas comunidades con alta migración, los adultos mayores no solo permanecen en el territorio: también se convierten en punto de referencia para la familia. Cuidan la casa, conservan la memoria familiar, mantienen tradiciones, acompañan a nietos y, en muchos casos, administran los recursos que llegan desde fuera. La migración modifica la estructura del hogar, pero no elimina la necesidad de cuidado; simplemente la redistribuye. La evidencia recopilada por la OIM subraya que las remesas enviadas por hijos adultos pueden mejorar las condiciones de vida de los padres mayores que permanecen en la comunidad, aunque el bienestar del hogar también depende de la salud y la capacidad de cuidado de esas personas mayores.
No solo reciben apoyo: también sostienen a otros
Existe una idea muy instalada de que las personas adultas mayores son únicamente receptoras de ayuda. En realidad, en muchas comunidades cumplen funciones activas y decisivas. INEGI estimó que, en 2022, 33 de cada 100 personas de 60 años y más seguían siendo económicamente activas, y entre quienes trabajaban, 49% lo hacía por cuenta propia. Además, 70% de las personas adultas mayores ocupadas trabajaba en la informalidad. Estos datos muestran que una parte importante de esta población continúa generando ingresos, organizando actividades y resolviendo la vida diaria aun en edades avanzadas.
El costo invisible de la distancia
La migración también tiene un costo no siempre visible. Cuando hijas e hijos se van, los adultos mayores pueden quedar con menos compañía cotidiana, menos apoyo físico inmediato y más carga emocional. La literatura sobre familias que se quedan atrás ha documentado justamente esa tensión: por un lado, la migración puede aumentar el ingreso vía remesas; por otro, puede reducir el apoyo presencial y el tiempo de cuidado que antes aportaban los hijos adultos. Un trabajo de revisión de IZA sobre los efectos de la migración en quienes se quedan atrás destaca que, en el caso de los padres no migrantes, el impacto debe entenderse no solo por el dinero que reciben, sino también por los cambios en el acompañamiento y en las contribuciones de tiempo y cuidado.
Salud, dependencia y vulnerabilidad
Este tema se vuelve todavía más importante cuando se considera el envejecimiento. INEGI reportó que 67 de cada 100 personas de 60 años y más eran no económicamente activas en 2022; dentro de ese grupo, 31% estaba pensionada o jubilada y 51% se dedicaba a quehaceres domésticos. Esto ayuda a entender por qué, en contextos de migración, la presencia o ausencia de redes de apoyo cercanas puede marcar una diferencia enorme. No toda remesa reemplaza el acompañamiento diario, la ayuda para una consulta médica o la compañía en la vida cotidiana.
El vínculo entre remesas y bienestar
Las remesas sí importan, y mucho. En hogares mexicanos, la evidencia reciente muestra que las remesas internas e internacionales tienen efectos positivos sobre distintos rubros de gasto en salud, aunque esos impactos varían por región. Eso significa que el dinero enviado desde fuera puede ayudar a financiar consultas, medicamentos o atención, pero no resuelve por sí solo todo lo que implica el envejecimiento en comunidades con salidas migratorias prolongadas. Por eso, pensar el papel de los adultos mayores únicamente desde la recepción de dinero se queda corto.
Guardianes del arraigo y de la continuidad
Hay otra dimensión igual de importante: la cultural. En comunidades marcadas por la migración, los adultos mayores suelen ser quienes conservan prácticas, relatos, celebraciones y formas de organización que mantienen vivo el sentido de pertenencia. Son quienes recuerdan cómo se hacían las cosas, quienes sostienen la historia familiar y quienes muchas veces mantienen la puerta abierta para el regreso, aunque sea temporal o simbólico. Su papel no es solo asistencial ni económico; también es profundamente comunitario.
Lo que esto exige a las asociaciones
Aquí las asociaciones tienen una responsabilidad especial. Si de verdad se quiere trabajar por el desarrollo de comunidades de origen, no basta con pensar en juventud, empleo o infraestructura. También hay que mirar a las personas mayores como parte central del tejido social. Eso implica diseñar proyectos que las incluyan, que fortalezcan redes de cuidado, que reconozcan su experiencia y que entiendan que el bienestar comunitario no se mide solo por ingresos, sino también por compañía, salud, pertenencia y continuidad.
Conclusión
En comunidades marcadas por la migración, las personas adultas mayores no son una figura periférica. Son parte del centro. Sostienen hogares, cuidan vínculos, administran ausencias y preservan la memoria colectiva. Hablar de desarrollo comunitario sin hablar de ellas deja fuera una parte esencial de la realidad.
Mirar su papel con seriedad no es un gesto simbólico. Es una condición para entender de verdad cómo funciona una comunidad cuando buena parte de su gente ha tenido que partir.
